Comunidades de práctica

El concepto de comunidades de práctica nace de la mano de Lave y Wenger[1], quienes lo adoptan al llevar adelante su investigación sobre como aprenden las personas en ciertos grupos sociales. A partir de allí, Wenger toma el concepto, lo desarrolla y profundiza hacia diferentes dimensiones y aplicaciones.

Pero, ¿qué es una comunidad de práctica? Para introducir el concepto citemos a Wegner[2]: “Las comunidades de práctica son grupos de personas que comparten una pasión o interés por algo que hacen y aprenden como mejorar en su práctica al interactuar regularmente”. El mismo Wegner propone ejemplos tales como una tribu en la época de las cavernas, una asociación de mercaderes o artesanos, un grupo de enfermeras o una comunidad de ingenieros investigando un tema particular.

Según Wegner[3] los miembros de las comunidades de práctica cumplen con tres condiciones:

  • todos tienen dominio de la misma práctica,
  • construyen relaciones, interactúan y comparten información,
  • tienen una serie de recursos en común: experiencias, historias, normas, herramientas.

Notemos que el Diccionario[4] define comunidad como “cconjunto de personas vinculadas por características o intereses comunes”, por lo tanto lo que diferencia a la comunidad de práctica de una simple comunidad de interés es la práctica común de todos sus miembros.

Es decir, que las comunidades de práctica son grupos de intercambio donde se involucra el hacer. Para ellas, el conocimiento/aprendizaje no es un objetivo en si mismo, el conocimiento/aprendizaje es un elemento dinámico que surge de su propia práctica e interacción[5], este factor las diferencia de otro tipo de comunidades: las de aprendizaje.


[1] Lave y Wegner nombran a las comunidades de práctica en su libro “Situated Learning and Peripheral Participation”.

[2] Wegner (2000).

[3] Wegner identifica las 3 características como “joint venture”: emprendimiento de personas con intereses y un propósito común; “shared reportorie”.

[4] Real Academia Española (online).

[5] Kearney

Ciberespacio: un no lugar de conexión

Nuestras comunicaciones cotidianas de hoy ocurren en el ciberespacio, espacio mediado por las tecnologías informáticas. Me conecto con otro a través de alguna aplicación, uso Whatsapp, Facebook, Twitter, Zoom o Meet, desde mi celular, mi tablet o mi computadora. Hace tiempo venimos actuando en este espacio, solo que no nos hemos detenido a pensarlo, ¿qué tipo de lugar es este espacio digital?

Este espacio se diferencia de otros más tradicionales porque es un “no lugar”, claro, fisicamente no tiene una locación, no está en mi ciudad o la ciudad vecina, no está en un país o un continente. Tal vez podríamos creativamente decir que es un lugar que está en alguna parte de las redes electrónicas que forman Internet (algunas de las imágenes de la película Matrix con sus cadenas de ceros y unos que forman personajes reflejan esta idea). Hablamos de un espacio sin fronteras, como no tiene geografía no tiene límites y por lo tanto su alcance es totalmente global, lo mismo es conectarme con alguien que vive acá la vuelta como con alguien que está en el otro extremo del mundo, con alguien conocido o un desconocido. Sin límites entonces desde varios aspectos, desde la distancia pero también desde la identidad. Es cierto que  no hay un lugar pero si hay personas y esas personas van generando una cultura de la red, una cibercultura que no es ni más ni menos que el conjunto de costumbres, tradiciones y creencias de quienes interactúan en las redes.

Me gusta mirar este “espacio cibernético” como un escenario, como si cada vez que agarro mi celu y miro alguna aplicación pasará un umbral, me subo al escenario cibernético para actuar, entro y me zambullo en otro mundo, el mundo de lo que está pasando en las redes. Puedo entrar y salir, del mundo físico al mundo digital y viceversa, también puede estar simultáneamente en varios lugares, si lo pensamos esta idea genera cierta adrenalina, como si varios yoes pueden estar actuando en diferentes espacios en paralelo. Esto sin pensarlo es algo que venimos haciendo ya hace un tiempo, algunos más que otros.  Este es nuestro nuevo mundo hiperconectado, lo que me lleva a preguntarme, este “mundo” me sirve como conexión. Si causamos bien podemos generar vínculos y relaciones, interactuar con otros, generar lazos. Pero estamos ante un arma de doble filo, este mismo mundo de posibilidades también puede causar desconexión, nos movemos en el mundo de las máquinas como autómatas y escondidos tras una identidad desconocida donde la pantalla es una barrera protectora.